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| La Expulsion de los Jesuitas
El 11 de julio de ese 1767 Juan Claudio de Pineda, Gobernador de Sonora, abría preocupado un sobre sellado que le acababa de entregar un correo especial. La causa de su preocupación era que en el sobre rezaba que debía haberse abierto tres días antes, aunque por enfermedad del correo se había retrasado la entrega. Después de leer el contenido y con el alma abrumada por negros presentimientos se puso de su puño y letra a escribir órdenes a sus subalternos militares. A la Pimería Alta dirigió sendas cartas a los capitanes de los presidios fronterizos: Juan Bautista de Anza de Tubac y Bernardo de Urrea de Altar. A cada una les agregó una nota en el sobre que rezaba que no deberían abrirse sino hasta el 23 de julio. El día prescrito, el capitán Urrea rompía el sello de su misiva y se enteraba de su contenido. En seguida, tomando una escolta de soldados se dirigió a Tubutama y a su paso por Atil le pidió al misionero del lugar, Pedro Rafael Díez, que lo acompañase a esa misión. Al llegar a Tubutama les comunicó a Díez y al Rector Luis Vivas las malas noticias. Había recibido órdenes de reunir en Tubutama a todos los misioneros de la Pimería Alta para llevar a cabo un real decreto de Carlos III, aunque no conocía Urrea el texto del mismo, ya que a él sólo le comunicaron las órdenes para llevar a cabo la operación. Todavía hoy no sabemos con precisión el motivo de la decisión de Carlos III, cuyo retrato aparece a la derecha, aunque el texto del Decreto reza en parte así: Habiéndome conformado con el parecer de los que de mi Consejo Real ... y de lo que me han expuesto personas del más elevado carácter, estimulado de gravísimas causas relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias que reservo en mi real ánimo ... he venido a mandar se extrañen de todos mis dominios de España e Indias, islas Filipinas y demás adyacentes, a los religiosos de la Compañía... De esta manera, Carlos III ordenaba la expulsión de la Compañia de Jesús de todos los dominios españoles. Este no era un hecho aislado, ya que con anterioridad, en 1759, ya habían sido expulsados de Portugal y en 1762 de Francia. En España, a diferencia de los primeros años de la conquista de América, bajo la dinastía Habsburgo, en que el Rey era considerado un príncipe cristiano, campeón de los principios de la Iglesia, a través del transcurso de los años y la llegada de las ideas de la modernidad, poco a poco se había ido desarrollando una creciente secularización de los poderes regalistas europeos bajo la cada vez mayor separación de los poderes seculares y los religiosos. De esta manera, la doctrina regalista no podía ver con buenos ojos a otro poder ajeno al propio. Pero volvamos a Sonora y al capitán Urrea después de estas consideraciones. Este, en Tubutama, le pidió a Vivas que escribiera a todos los misioneros de su jurisdicción pidiéndoles que se presentaran en Tubutama, aunque sin darles a conocer lo que se avecinaba, lo cual hizo el Rector. En Guevavi, el padre Ximeno no se extrañó al recibir la carta en la que su padre Rector le pedía que fuese inmediatamente a Tubutama. Lo extraño fue la escolta de soldados enviados desde Altar a llevarle hasta Tubutama y que no le hubieran permitido hacer arreglos para su ausencia, aunque aún más extraño fue que el capitán ordenó se realizase un inventario de los bienes de la misión: 700 cabezas de ganado, 24 bueyes, 240 ovejas, 420 carneros, 88 cabras, 6 mulas mansas, 18 machos, 52 caballos mansos, 24 potrillos y 39 yeguas, y le pidió al misionero que le entregase los libros y llaves de la misión. De todos modos, acostumbrado como buen jesuita a obedecer a su Rector, Ximeno hizo lo que le ordenaban y partió, sin saber, que era la última vez que vería la Pimería Alta y la misión de Guevavi. Reunidos en Tubutama, todos los misioneros de la Pimería Alta: Ildefonso Espinoza de Caborca, Francisco Paver de San Ignacio, Diego Barrera de Suamca, Miguel Gerstner de Sáric, Luis Vivas de Tubutama, Custodio Ximeno de Guevavi y Antonio Castro, quien acababa de llegar a San Xavier del Bac, supieron de su suerte. Todos los misioneros en Sonora serían reunidos en Mátape donde se les comunicaría formalmente el Decreto de expulsión. Todavía les esperaban meses de encierro en San José de Guaymas, seguidos de una marcha a través de toda la Nueva España hasta la Cd. de México y de allí a Veracruz, donde serían embarcados rumbo a Cádiz para ser encarcelados allá en el hospicio del puerto de Santa María de donde habían partido al Nuevo Mundo. Algunos misioneros no aguantarían el viaje y morirían en el trayecto, entre ellos algunos de los antiguos encargados de Guevavi. Así, el Padre Rapicani fallecería en Ixtlán y Paver moriría preso en España. De la suerte que haya corrido Custodio Ximeno, último misionero jesuita en Guevavi, no sabemos nada. Solas, como quedaron las misiones, pronto fueron víctimas de la avaricia y del descuido. Quienes fueron encargados para cuidarlas se aprovecharon de la situación y agotaron las reservas con que contaban, mientras que los indios, al ver que podían disponer de los almacenes, se comieron en unos cuantos días cuanto quedaba. No habían pasado seis semanas de la partida de Ximeno de Guevavi cuando el capitán de Anza le escribía al Gobernador, diciéndole que el encargado de Guevavi "...habiéndoles dicho a los pimas que son los dueños de los recursos y que por eso pueden disponer como gusten de ellos como quieran, les dio las llaves de los graneros. Ese fue el fin del maíz. En unos cuantos días deben haberse comido en Tumacácori más de 50 fanegas..."
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