De 1785 a 1810


En 1787 el presidio de Terrenate que, como se vio anteriormente, había sido cambiado más al norte (dentro del actual estado de Arizona), era de nuevo relocalizado, ahora al abandonado pueblo de Suamca, con lo que éste tomó ahora su nombre, Santa Cruz, que es como lo conocemos hoy, y por extensión se le dio también el nombre al río, que aún hoy conserva. Al mismo tiempo era reestablecido el presidio de Tubac.

Ese mismo año las Provincias Internas eran divididas en dos: de Oriente y de Occidente, con un Comandante para cada una. También entonces tomaba posesión del presidio de Tucsón el Teniente Mariano de Urrea, cuyo abuelo había sido muerto por los apaches en 1780.

Además, gracias a la política de alentar colonos en el valle del Santa Cruz, pronto empezaron a llegar aspirantes intentando repoblarlo. Aparentemente la primera solicitud de tierras en este nuevo intento colonizador fue la de Toribio de Otero quien, en 1789, en compañia de su mujer, María Ignacia Salazar, de los Salazar de Santa Ana, adquirió unos lotes cerca de Tubac.

En 1791 ascendía a la Comandancia de la Provincia de Occidente Pedro de Nava, y entre sus primeros y más importantes actos estuvo la directiva del 14 de octubre en relación con los asentamientos de paz de los apaches (promover, auspiciado por la Corona, el asentamiento de pueblos apaches subvencionados), que con el tiempo contribuiría enormemente al restablecimiento de la paz.

En noviembre del año siguiente eran nuevamente reunidas las Provincias Internas de Oriente y Occidente en una sola, ahora con capital en Chihuahua, mientras que Arizpe continuó siendo capital de Sonora y Sinaloa. Pedro de Nava ascendió entonces al mando general y para continuar su labor reformadora, en 1794 le entregaba al Real Consejo un plan de diez años para secularizar las misiones e incorporar a los indios bajo el sistema colonial.

Sin embargo, la situación general en la pimería y en toda la frontera era lastimera entonces. Veamos algunos ejemplos extraídos de los informes misionales: En Altar, Fray Francisco Canales informaba el 5 de agosto de 1796 que "nunca ha havido establecidos yndios" en ese lugar, aunque los vecinos serían unas 60 familias, y 90 de tropa, haciendo unas 800 almas, ya que no se podía establecer el número exacto.

Por otro lado, de Santa Cruz, el 28 de diciembre de 1796 agregaba el párroco, Fr. Matheo Díez de San José, que atendía principalmente a paisanazgo y españoles vecinos y "...corto número de yndios pimas [que viven] en calidad de vecinos..." En total, como 500 almas de confesión, sin iglesia, y se carecía de alhajas para los sacramentos.

Mientras, la situación en otro presidio fronterizo, Fronteras, era similar, como lo atestiguaba el fraile a cargo del mismo, la misma fecha.

san xavierAdemás, en 1797 el misionero de San Xavier del Bac, Juan Bautista Llorens, ponía en servicio una nueva iglesia en su misión, un edificio imponente construido con influencia mudéjar. (A la izquierda apreciamos una foto de la misma, tomada en 1894 por William Dinwiddie). Esta obra, iniciada bajo la adminsitración de Fr. Juan Bautista de Velderrain, se pudo terminar gracias al préstamo de $7,000 de los $30,000 que costó, hecho por un rico español, Antonio Herreros. Este préstamo era simbólico del nuevo orden de cosas que imperaba ya en las misiones de la Pimería Alta. Dentro de la nueva conformación social, poco a poco y gradualmente los nuevos mestizos habían ido ganando terreno frente a la declinación indígena.

Si en 1774 los censos cuentan 2,018 indios culturalmente hablando en la Pimería Alta y 168 hispanos, para cuando Hidalgo inicia el movimiento de independencia se han equilibrado en unos 1,200 de cada lado, y para 1820 ya hay 1,130 indios contra 2,290 hispanos. Esto no se debe sólo a la desaparición física de los indios sino a su emigración en busca de trabajo a las minas, ranchos y otras ofertas laborales, así como su incorporación dentro del modo de vida europeo.

Sin embargo, las relaciones entre los indígenas e hispanos no era tan sencilla como estas cifras aparentan. En todo el norte de Sonora las familias hispanas adquirían sirvientes indios a través de la compra o la captura, aunque no podríamos aplicarle a esta adquisición conceptos modernos de esclavitud.

TumacacoriPoco antes de 1803 eran iniciados los trabajos de reconstrucción de varias iglesias misionales en la Pimería Alta, gracias a un pequeño auge económico en la región debido al descubrimiento de un yacimiento en Noriega, cerca de Altar, y de nuevos placeres en la Cieneguilla, en donde anteriormente, durante la década de 1770, un descubrimiento de oro había causado una bonanza: ese año el misionero de Tumacácori, Fray Narciso Gutiérrez, comenzaba la construcción de una nueva iglesia en su misión (a la derecha vemos un grabado de la misma realizado en 1864 por Ross Browne) y poco después Fray Andrés Sánchez, de Caborca, hacía lo mismo y ponía los cimientos de otra más en la propia.

CaborcaAmbas iglesias basaban su arquitectura en la de San Xavier del Bac. La de Caborca (que aparece a la izquierda), sería dedicada por el Pbro Francisco Javier Vázquez el 28 de Mayo de 1809, mientras que la de Tumacácori permanecería inconclusa, aunque fue abierta al culto el 13 de diciembre de 1822.

Pero no nos separemos de nuestra crónica: Nuevamente el valle del Santa Cruz se veía poblado con ganado misional, unas mil cabezas según un reporte de 1804, que pastaban a lo largo del río al sur de Guevavi, hasta cerca de Santa Bárbara.

En 1806 ocurre el denuncio de los terrenos de la misión de Tumacácori. El misionero Narciso Gutiérrez pide que se midan los cuatro sitios del fundo legal de Tumacácori y una estancia que incluya a la vieja misión de Guevavi y se extienda por el Santa Cruz "hasta el rancho de los Romero" (o Buenavista), así como en la dirección del Potrero, al final de la ciénaga grande (el actual Meadow Hills al norte de Nogales, Az.). En 1807 se le concede el título. Cinco años más tarde Agustín Ortíz, quien había llegado poco antes a Tucsón, solicita una merced de dos sitios de terreno en Arivaca, la que le fue concedida previo pago de $747.

Todas estas concesiones son indicativas del proceso, ahora ya más marcado, de incremento poblacional criollo e hispano y la aún mayor desaparición de la población misional en la región.