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Diccionario de los Jesuitas en Sonora de: Julio Montané Martí El diccionario incluye los jesuitas que estuvieron en las misiones que abarcan el territorio comprendido entre el río Gila por el norte y el río El Fuerte por el sur, limitando al oeste con la Sierra madre Occidental, extensión que comprendió, más o menos, el territorio de la Sonora colonial. El diccionario de los jesuitas que misionaron en Sonora es puntual. Trae la información básica que he logrado reunir desde hace años, recabada de documentos, libros, artículos y de los diccionarios que se han publicado. Incluye los datos biográficos básicos, lugar y fecha de nacimiento y muerte, la fecha de ingreso a la Compañía de Jesús, la fecha en que pasó a Sonora y los lugares en que se desempeñó como misionero. En algunos casos tenemos vagas referencias como sucede con el padre Guillermo Otton, mientras que en otros abunda la información, lo que se percibe en la distinta extensión y datos de las entradas de este breve diccionario. Los topónimos no están modernizados, en muchos casos, respetando la forma como escribían los jesuitas los lugares que visitaban. Sonora estaba dividida por los jesuitas en Rectorado, en el diccionario se encontrara las misiones y visitas de cada rectorado bajo el término rectorado. Me parece conveniente entregar algunas informaciones generales sobre los jesuitas en Sonora para que el lector valorice mejor los datos aportados por el diccionario y se ubique en lo complejo de la labor misional de los jesuitas que estuvieron en Sonora. Este diccionario lo escribí por la ayuda brindado por las autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en cuya sede de Sonora laboró, por lo que les estoy muy agradecido. Igualmente al apoyo de Helga Krebs, compañera generosa de toda una vida. Las Misiones Jesuitas en SonoraLos españoles buscaban en América lo que no habían encontrado en el viejo mundo y trataban de tornar reales, en las tierras nuevas, las utopías que los sistemas monárquicos las habían tornado irrealizables. Los jesuitas no buscaban, como la mayoría de los españoles, las Amazonas, las Siete Ciudades, El Dorado, o el camino a las especias; buscaban crear un tipo de sociedad independiente y colateral a la española, constituida por los indios y ellos, los padres, a la cabeza, en la que la vida comunitaria y la acción de todos fuera el sustento que llevaría a una vida digna y les aseguraría a los aborígenes, por medio del cristianismo, la salvación y la gloria eterna a quienes fueran fieles a los preceptos de la iglesia y a las enseñanzas de los jesuitas. Para tan loables fines la Compañía de Jesús organizó el sistema misional en el Noroeste Novohispano. Dicho sistema misional fue construyendo en América distintos modelos utópicos, de los cuales el más renombrado lo constituyó el de las Misiones del Paraguay. Esencialmente las misiones del Noroeste Novohispano tienen la misma inspiración de una sociedad comunitaria de indios, encabezada por sacerdotes jesuitas. Se denominaba reducciones a la agrupación de familias indias en un pueblo donde se asentaba un jesuita para desarrollar su labor misional. La Misión es una unidad evangelizadora y económica, formada por indios y jesuitas, dividida en rectorado que constituyen agrupaciones misionales de la Provincia Mexicana de la Compañía de Jesús. Una misión es parte de un sistema de misiones en que unas se apoyan en otras y emprenden la realización de otras nuevas, cada vez que las condiciones lo permiten. Así en Sonora, especialmente las misiones en el yaqui, fueron importante sustento y base de operaciones para desarrollar las misiones jesuitas californianas. Evangelizar es civilizar. Misionar es propagar en los pueblos incivilizados el cristianismo. Y civilizar era introducir la agricultura y ganadería europeas. A medida que se extendían las misiones jesuitas en el Noroeste Novohispano, los pobladores españoles no encontraban lugar en este mundo donde los religiosos no acapararan la mano de obra aborigen y las mejores tierras, decían, pues el celo evangelizador no dejaba espacios a la riqueza de los profanos. Entre misión y misión acá y acullá, algunos españoles se dedicaban a la agricultura y ganadería, pero sin lograr formar núcleos significativos de pobladores españoles. Pero donde las condiciones naturales y la resistencia indígena lo permitían, los españoles formaban un Real de Minas. El territorio que se iría conformando como Sonora carecía de Villas. La primera que había fundado Francisco Vázquez Coronado, San Jerónimo de los Corazones, había sido destruida, recién fundada, por los indios indignados ante el vergonzoso abuso que los españoles cometían con los menores, no respetando así a la familia aborigen. Aunque se quiera sostener lo contrario, muchos de estos conquistadores eran seguros candidatos al fuego eterno. No hay religión católica posible sin tres plantas que se expanden a la par con el cristianismo. Pues no hay presencia del cuerpo del Señor sin harina, ni la presencia de su sangre en la misa sin vino, ni paso a una vida mejor sin aceite de olivo. Si bien es posible dar misa seca, sin vino, como las que realizó el franciscano Pedro Font, no es posible hacer hostias sin trigo. El disponer de buen vino, harina y aceite siempre fue un problema para los jesuitas y otros religiosos que se aventuraron por el Noroeste Novohispano. El proceso evangelizador sólo podía tener éxito con indios agricultores que constituyeran poblados permanentes. Con los indios seris trashumantes, por ejemplo, no fue posible realizar la evangelización, pues tales aborígenes no podían constituir poblados permanentes, y menos lograron los jesuitas convencerlos de transformarse, de cazadores recolectores, en agricultores. Evangelizar era también hispanizar. Enseñarle a los indios, en primer lugar, a considerar a los españoles como cristianos al igual que ellos y tenerlos como sus amigos y hermanos, así como aceptar obedecerles y servirles. La inversa, claro está, no era válida, y para muchos aún hoy tampoco. Por tal razón, nos parece del mayor interés constatar la forma como se une el respeto a la fe, con el respeto a los españoles. Lo que, por lo demás, conllevaba serias contradicciones y complicaciones cuando los españoles, con más frecuencia que la esperada o deseable, constituían muy mal ejemplo de cristianos. Después de 150 años de evangelización por los jesuitas, el padre franciscano Pedro Font llamaba a los españoles, españoles a medias por ser malos cristianos y traficar con niños. Sin lugar a dudas las misiones se constituían en la punta de lanza de la conquista española, quisiéranlo o no así los jesuitas, y lo españoles, beneficiados primero de las misiones, se transformaban en sus enemigos, pues consideraban que era a ellos a quienes les correspondían los beneficios de la explotación de los indios. Erróneamente se suele identificar a las misiones con el templo de la misión. Pero el templo es sólo eso: el templo de la misión. La misión es mucho más: es un poblado indígena, campos de cultivos, áreas de cría y pastoreo de animales; talleres, bodegas; la casa misional y el templo cristiano y varios otros poblados indios, además de un área de recursos que limita con los de otras misiones. En cierta forma se parece a una hacienda administrada por jesuitas y se diferencia en que a los campesinos indios no se les paga salario. El misionero era, según el padre jesuita Alejandro Rapicani, a la vez un “ rector, cura, predicador, catequista, procurador, administrador de hacienda, labrador, ranchero, etcétera...” [Archivo Histórico de Hacienda, expediente 278, 17, folio 6v-7r. Archivo General de la Nación, México]. Los padres se quejaban de que también debían cumplir las funciones de curas, pero eran en cambio los curas los que, sin mover un dedo, recibían los pagos por defunciones, casamientos, misas, etcétera, mientras que para el misionero la regla era omnia gratis. Suele recordarse que la misión estaba constituida por trabajadores indios que no recibían salario y que laboraban tres días para la misión, otros tres días para sí mismos, y el último día de la semana era dedicado a la oración, labores evangélicas y al descanso. También se puede interpretar de esta otra manera: dos días de trabajo eran para el misionero, otros dos para todos y dos para los indios; el último día era para los deberes religiosos dominicales y el descanso. No era todo tan simple, ni tan ideal. El trabajo de los indios en la Misión era el que padre indicaba y organizaba, y cuyo producto el jesuita distribuía directamente a los indios, o como regalos con los bienes que obtenía de otras misiones o los que encargaban a México, tales como las telas y el tabaco, por ejemplo. El padre Philipp Segesser, misionero suizo, decía que el tabaco era tan apreciado por los indios que “ por una pipada de tabaco cualquier indio trabaja con gusto todo el día. Soy de opinión que se podría convertir a todos los indios solo ofreciéndoles tabaco.” [Relación de Philipp Segesser, edición y traducción de Armando Hopkins D., Hermosillo, 1991, p. 33.] Sin lugar a dudas, era una visión muy subjetiva, pues los fracasos o los triunfos no se pueden atribuir a la disposición de menos o más tabaco. Tales funciones en las misiones se fueron desarrollando con el tiempo, reflexionando una y otra vez sobre los resultados obtenidos en la empresa evangelizadora. Se pueden distinguir varias etapas para el desarrollo de la labor misional en Sonora. [Julio César Montané Martí, “ Sonora: Jesuitas y Geopolítica.” Noroeste de México, 10: 43 - 49, Hermosillo, 1991] Una primera fase del desarrollo de la labor evangelizadora de la Compañía de Jesús en el Noroeste Novohispano comprende los comienzos de la labor misional a finales del siglo XVI. Recién llegados los jesuitas a México en 1582, después de una corta y fracasada estadía en la Florida entre 1566 y 1576, bastaron diez años para que emprendieran con empeño trasladarse al norte del territorio novohispano, a fin de realizar una labor evangelizadora entre los indios. Así encontramos, en el norte de Sinaloa, a los padres Martín Pérez y Gonzalo de Tapia ya en julio de 1591. La primera fase de la llamada conquista espiritual realizada por los misioneros es muy violenta, debido a que los jesuitas se proclaman desde el principio campeones en perseguir las idolatrías y en unirse a los militares en tales propósitos, que eran tan caros a la Compañía de Jesús y que estaban en el sostén de su origen y existencia. Esta combinación evangelizadora se realizaría en Sinaloa con el apoyo del patizambo capitán Diego Martínez de Hurdaide, émulo de Nuño de Guzmán. Tan errada comunión será desastrosa, al crear así una fuerte resistencia de los indígenas que traerá como consecuencia la muerte a mano de los indios de algunos de los primeros misioneros. El conjunto jesuitas / militares trae consigo, o deviene en otro conjunto, el correlato resistencia / mártires. Siempre que los misioneros se unieron a los militares en su labor evangelizadora, se vieron envueltos en conflictos con los indígenas y se generaron mártires para la Compañía de Jesús. Los misioneros comenzaron a sacar experiencias de los enfrentamientos con los indios en Sinaloa, a consecuencia de su cooperación con los militares, razón por la que aceptaron con agrado pactar con los indios yaquis el establecimiento de misiones en su territorio, a condición de que no hubiera asentamientos militares ni de españoles. Tan feliz logro permitió iniciar una segunda etapa de evangelización caracterizada por el par jesuitas / indios que hacen posible el de misión / poblados indios. Al comenzar los jesuitas a evangelizar al norte del río yaqui, al pasar de Ostimuri a Sonora, lo hacen cada vez más lentamente, consolidando misiones y cuidándose de la identificación de jesuitas / militares. Desde que avistaron el desierto los misioneros le huían. Las zonas semiáridas eran una negación de la agricultura misional. Por tal razón podemos constatar que al norte de Guaymas el área costera será ajena a los asentamientos misionales, al igual que las zonas desiertas norteñas. El camino natural de las misiones estuvo constituido por esos curiosos ríos sonorenses que, a diferencia de los otros ríos mexicanos, corren de norte a sur. Al norte del río yaqui las misiones se distribuyen de esta manera, en la dirección de los meridianos, mientras que al sur lo hacen en el sentido de los paralelos. Es la peculiar geografía sonorense y la necesidad de labores agrícolas la que distribuye a las misiones por los valles de los ríos de sur a norte. La Sierra Madre colocaba un límite al Este, y al Oeste sonorense los llanos costeros cerraban el camino misional. El Norte fue deteniendo a los misioneros a medida que en tal sentido los ríos tendían a desaparecer y surgían zonas semiáridas, cuando no desérticas. Antes de que se cumplieran los dos tercios del siglo XVII se detendría el avance misional y se trataría de consolidar tan importantes logros. Es notable que no transcurriera suficiente tiempo para que Sonora se convirtiera en una zona de influencias españolas, como lo fue anteriormente Ostimuri. Aquí la resistencia india se fue acelerando y acrecentando, a medida que los indios eran empujados de otras partes del norte al territorio sonorense. Fueron sólo dos o tres décadas las que les bastaron a los jesuitas para poder penetrar sistemáticamente y con éxito a dos áreas de Sonora marcadas por las rutas tradicionales al norte. La penetración profunda facilitada por el sistema de los ríos Yaqui- Babispe y la penetración corta por el sistema de los ríos Sonora-San Miguel. La evangelización en estos sistemas fluviales y los intermedios se mantendrá hasta la década de los ochenta del siglo XVII, pues tal política misional había demostrado su eficiencia. Claro está no sin problemas, pues los indios a cada rato recordaban a los padres cómo los españoles no cumplían con sus promesas y menos sus deberes de cristianos que tanto se las exigían a los indios. Se produjeron una y otra vez luchas de los indios por recuperar sus territorios perdidos, luchas de liberación de sus naciones; las que por supuesto los historiadores de la época y de ahora llaman levantamientos, alzamientos o guerras atribuidas por los jesuitas a malas acciones de los españoles y, más frecuentemente, a indios que inducidos por el diablo luchaban contra la labor cristianizadora y misional. Los jesuitas, al defender su política misional, lo reiteramos, entraban constantemente en conflicto con los españoles que los acusaban, con razón, de no permitirles enriquecerse a costa de los indios, acusación por lo demás verdadera. Y agregaban que sólo se enriquecían los jesuitas, acusación falsa. Sea dicho de paso, esta última acusación terminó en un fiasco, cuando los militares y funcionarios que se declaraban los mejores amigos de los jesuitas, se entregaron con motivo de la expulsión de los religiosos al saqueo de sus bienes en busca de las supuestas riquezas, que no encontraron a pesar de que emplearon con los padres métodos de averiguación, a fin de que revelaran dónde se escondían los tesoros, métodos que hoy no aprobarían los defensores de los derechos humanos. Por supuesto que en las misiones no se encontraban riquezas acumuladas en forma de oro, plata o monedas, que eran las buscadas por los capitanes acostumbrados a los botines, sino sólo riquezas que se habían transferido de misiones más ricas a otras misiones más pobres, convertidas en pertrechos, campos de cultivo, en templos, etcétera y, por supuesto, las transferencias a México que permitía la llegada de muchos productos del sur que necesitaban los misioneros, la misión y para los indios, todo lo cual estimulaba un incipiente comercio con Sonora. Ya en la Sonora misional de 1662 se perfila el espacio del futuro Estado de Sonora. Es la Sonora de los ríos que siguen los meridianos. Los jesuitas contaron con diestros cartógrafos que nos dejaron una imagen en mapas de esa época. Todo este período de la consolidación misional no ha merecido de parte de los investigadores mexicanos una preocupación especial. Por tal razón, los jesuitas de esa época son brumosos personajes históricos. En verdad la imagen que se tiene de los jesuitas es la de las misiones del siglo XVIII. Los primeros misioneros permanecen más bien en el olvido, salvo los denominados mártires, aunque muchos que no murieron en manos de los indios también debieran considerarse mártires. Sin lugar a dudas, el jesuita Eusebio Francisco Kino es el misionero iniciador de una tercera etapa que cambiaría el ritmo misional, aplaudido por algunos jesuitas, mientras que otros se espantarían y criticarían, pero que de todas maneras iniciaría un proceso de desgaste del sistema misional sonorense a medida que también se iba fortaleciendo la presencia de españoles en Sonora. Claro está que igualmente puede anotarse, con razón, que este siglo XVIII del surgimiento acelerado del capitalismo será sepulturero del sistema misional acaparador de la mano de obra que los futuros burgueses necesitarán libre. Este nuevo período, que nace con conflictos entre la vieja y la nueva política misional en gestación, se caracteriza por un nuevo brío misional, por el cual miles de almas debían ser salvadas, razón por la que el sistema misional debía ser ampliado a nuevos territorios ignotos que constituían una frontera en la que las influencias españolas no eran significativas, pues fueron más bien fronteras misionales que fronteras de españoles. Por supuesto, que políticamente hablando, las fronteras misionales son también fronteras virreinales y desde esta perspectiva siempre fronteras españolas. Si Kino vislumbraba la nueva época, no lo sé. Puede ser que su obligada larga permanencia en España y su breve vida cortesana en la ciudad de México, le permitieran percibir y entender las necesidades de la Corona por adecuarse a las transformaciones europeas y a los nuevos repartos del mundo. Pero en todo caso actuó, creo, de acuerdo con tales necesidades e inició la última expansión misional de Sonora. Política que curiosamente entrará en su apogeo después de la expulsión de los jesuitas. No deja de ser interesante que allí donde fracasara Kino, también fracasaran los franciscanos. Si bien son situaciones diferentes, las unen la resistencia indígena, y, claro está, la pasión evangelizadora de ambas órdenes. Además allí, en la Pimería, también dejaron sus mártires jesuitas y franciscanos debido a que se revivieron condiciones del siglo XVI, ejemplificadas con la entrada evangelizadora con militares. Como es bien conocido, esta nueva etapa comenzó y terminó violentamente. Sus dificultades iniciales están marcadas por una resistencia indígena caracterizada por violentos movimientos de oposición al avance español, que culminarían noventa años después con la incuestionable victoria del indio Yuma Capitán Palma. Esta última etapa tiene muchos actores jesuitas, siendo el principal Kino. Podríamos agregar que tal etapa la cierra su émulo el franciscano Hermenegildo Francisco Garcés. Las cosas empezarían a cambiar en la década de los noventa del siglo XVII. Es posible considerar que los jesuitas seguían anteponiendo la evangelización como su principal meta, pero me parece que más frecuentemente empezaban a tomar un mayor significado práctico las denominadas razones de estado. No hay duda de que la política misional, aunque no se lo hubieran propuesto los jesuitas, facilitaba la conquista. Razón por la cual se podía mostrar a las autoridades superiores, como un éxito de los conquistadores los logros misionales. Pero la verdad es que tal percepción no se me hace tan evidente en los misioneros de Sonora. Aunque en el presente despertarían suspicacias las excesivas alabanzas al rey que formuló Kino. Así, por ejemplo, al destacado historiador jesuita Gerardo Decorme, le parecen las alabanzas de Kino al rey fuera de toda medida, y se pregunta cómo era posible que el jesuita formulara desmedidas alabanzas al rey, cuyo hijo expulsaría a los jesuitas. Me parece del todo injusta tal acusación, ya que entre las muchas cualidades del esforzado Kino no se encontraba la de adivino y mal podía prever los futuros acontecimientos. Es notable cómo Kino intentó entusiasmar a su majestad con las viejas aspiraciones de los reyes. Por ejemplo, encontrar el mítico Estrecho de Anían, asegurar las rutas a las Filipinas con una escala al retorno en Monterrey, para evitar el escorbuto y conquistar lo que él llamaba las Nuevas Filipinas, que propone tanto para consolidar las posiciones ganadas en la Pimería, como para defenderse de los avances de los franceses e ingleses y quizás de los rusos también. Y además para facilitar el dominio de la costa del Pacífico desde Sonora gracias, decía, al paso por tierra que él había descubierto y tornado posible. Lo que en sentido estricto no es verdad. Esas preocupaciones serán frecuentes en la segunda mitad del siglo XVIII. Los cambios que en Sonora encabezaba Kino, no como líder, sino como obediente jesuita, no eran compartidos por algunos de los misioneros, autoridades locales e incluso un padre Provincial que pensaba más en las experiencias anteriores, que en las nuevas realidades que se empezaban a gestar. Pero el ilustre trentino contaba con todo el apoyo de Roma, donde su amigo el General de la Compañía de Jesús, Thirso González, sí estaba en condiciones de entender mejor a Kino, razón por la que le brindó su apoyo, no sólo por creer en él, sino porque las proposiciones caviladas en la Misión de Dolores eran también las que se pensaban en Europa. El siglo de las luces traía nuevo retos. Kino, como el hombre emprendedor que era, entusiasta, de incansable energía, apasionado, siempre deseaba ser útil a los deseos de las autoridades, que esperaba apoyarían su labor misional. Entiende la muy urgente necesidad de expandir los dominios españoles que permitirán nuevas empresas evangelizadoras y extender el sistema misional. Kino bien llegado a Sonora, expandiría en un cerrar y abrir de ojos la frontera misional al río Gila. Viaja de acá para acullá, a todas partes donde se lo permiten. Parece más un explorador que un misionero. Escandalizó a algunos jesuitas la inusitada actividad del trentino, a la vez que veían con espanto sus métodos evangélicos. La velocidad con que Kino se movía por la Pimería y más con la que actuaba, los llenaba de estupor. La experiencia de sesenta años de misionar en Sonora los habían tornado en cautos y quizás conservadores jesuitas. Kino pudo desafiarlos sin faltar al cumplimiento de las órdenes de su superior local, que a decir verdad no sólo no lo entendía sino que además no compartía su parecer. Se le hace fácil sostener a un historiador jesuita, que el superior inmediato de Kino era un joven inexperto, envidioso, etcétera. Quizás esos defectos eran compartidos por más de un jesuita, antes y ahora, incluso algunos defectos escandalizarían a más de un pacato. Mas lo relevante, así lo entiendo, es destacar el cambio de política de los jesuitas. Especialmente en Roma comprendían y percibían mejor los cambios que se avecinaban, más que en este aislado lugar del mundo que era Sonora. Esto me parece patente ante un Provincial que consideraba justas las quejas de los padres locales, y un General que a tanta distancia puede comprender y estar de acuerdo con el proceder de Kino. Por supuesto que los chismes y demases tienen importancia, pero ellos corresponden más a lo fenoménico que a lo esencial; y por lo tanto, carecen de valor explicativo más allá de lo circunstancial. Quizás esta contradicción entre la experiencia tradicional de los misioneros de Sonora, y los apasionados deseos de Kino en extender las misiones a la Pimería Alta, generaría como consecuencia inesperada, una debilidad en este trabajo misional del que nunca en la época colonial se repondrían. Kino escribió un libro para señalar que no era culpable ni del alzamiento de los indios pimas, ni de la muerte del padre Saeta, obra que sus superiores no quisieron publicar, ni aprobar, a pesar que el General de la Compañía de Jesús les indicó que la dieran a luz. Lo que quiere decir que no siempre los jesuitas acataban las órdenes de sus superiores. La vida real de los religiosos es difícil de aprehender, porque está oculta por una historia que ha tendido un halo de triunfalismos de las labores misionales, y esconde los fracasos con la glorificación del martirio. La vida real de los jesuitas no fue fácil en el noroeste de México, más bien muy difícil. Contrasta, por ejemplo, con la que se llevaba en las haciendas del centro de México o en el Colegio de San Pedro y San Pablo, donde un celoso padre Provincial se quejaba de que los estudiantes tuvieran sirvientes que incluso les arreglaban sus camas, por lo que les prohibió los sirvientes a quienes deberían hacer votos de pobreza. Debido a la limpieza de sangre que debían tener los jesuitas, se dificultó el que ingresaran estudiantes que tuvieran parientes aborígenes. No lo digo por criticar el carácter racista de la orden, tan normal para la época, sino porque hubiera facilitado en mucho mejores relaciones con los aborígenes, al tenerse quizás una mejor comprensión de la cultura de los indios en quienes se hubieran educado en ella en su niñez y pubertad. Pues como ya señalamos, en la primera etapa del desarrollo misional para el noroeste de México, los fuertes choques de incomprensión, o de intolerancia, llevaron a una violencia que recayó sobre los padres con las pérdidas de la vida de varios misioneros en manos de los indios. A lo que hay que agregar la violencia de los españoles, que despertaban la réplica de los indios al ver a los padres apoyando los desmanes de los conquistadores, pues se les hacía difícil distinguir entre unos y otros. Por otra parte, esta primera etapa está marcada por una política que, si bien constituía la esencia de la orden en Europa, al aplicarla como una encarnizada guerra contra la religión de los indios, contra la idolatría, se decía, traía por consecuencia actitudes indignantes de los padres para con los indios. Por ejemplo, el padre Gonzalo de Tapia agarró a patadas, así se nos cuenta, una olla con los restos óseos de los deudos de los indios. Por supuesto que despertaron la ira de éstos, lo que no necesita explicación. Pero tal actitud tuvieron que cambiarla muy pronto los jesuitas, al punto que se fueron al extremo opuesto y se pasaron los siglos siguientes contando a sus superiores que los indios no eran idólatras, lo que era una mentira piadosa. Kino fue campeón en difundir no sólo que los indios no eran idólatras, sino que no tenían ningún tipo de creencias religiosas, lo que sostenía con el fin de no tener que tomar medidas contra las idolatrías y agotarse en una lucha que los jesuitas habían constatado como estéril. También el que la Inquisición no persiguiera las creencias de los indios era un apoyo para olvidarse de éstas. Lo que no quiere decir que no persiguieran con encono a la competencia, es decir a los jefes religiosos indios, hechiceros como se les decía. Los padres decían que eran como una especie de sacerdote, lo que en parte tenía algo de verdad. Frecuentemente surgía un celo sobre la influencia de hechiceros y sacerdotes sobre los indios en que, cada uno, desde sus propias perspectivas, veía que el otro menoscababa su poder entre los aborígenes. Claro está, que no siempre los padres se pudieron imaginar lo que verdaderamente sería su labor misional. Un padre se quejaba que había entrado a la orden de los jesuitas para salir del hogar paterno e ingresar a una condición espiritual, porque sentía que ni la agricultura ni los negocios eran para él. Pero se encontraba de agricultor en San Javier del Bac y llevando la contabilidad de la misión. Examinemos la vida de los padres en las situaciones de relativa calma, que caracterizan los períodos de paz de la vida misional. El Noroeste de México era el lugar más distante novohispano de la capital virreinal, no tanto por la distancia, que era mucha, sino por la dificultad del camino, que tenía que pasar uno y otro río no en toda época vadeable, once sólo en Sinaloa. Sonora quedaba aislada, a veces por meses, por lo intransitable del camino en la época de lluvias. Ya al sur de Guaymas empezaban las dificultades. Tales razones conllevan el más lamentable de los padecimientos que tenían que soportar los padres misioneros: el aislamiento. Vivían por largo tiempo sólo con la compañía de sus fieles indios, lo que les traería, qué duda cabe, recompensas celestiales, pero no las de la vida cotidiana. Este aislamiento es muy difícil de soportar para muchos padres, debido a que habían sido criados, hasta ingresar a los colegios jesuitas, en condiciones de comodidad y cultura. Dejemos a un lado las comodidades, pues habían renunciado a ellas al hacer el voto de pobreza, aunque no se imaginaran la precariedad con que vivirían en sus misiones, y pensemos en la cultura. Fuera del marco de su cultura tenían que renunciar con frecuencia a los mínimos hábitos domésticos. Por ello no nos debe escandalizar que a un misionero los feligreses lo acusaran, espantados, que habían visto cómo aplicaba los santos óleos a su ensalada. A propósito otros padres tenían que sufrir las consecuencias del chile, al no tener con qué sazonar sus comidas. Y no digamos de cambiar los hábitos alimenticios en un mundo donde tenían que sustituir el aceite por el cebo, la pimienta por el chiltepín y muchos otros etcéteras. Pero sin lugar a dudas el aislamiento mayor no está en las cosas exteriores, sino en no tener con quiénes platicar. Dispusieron en los comienzos de escasos libros, leídos una y otra vez. Estaban ávidos de un nuevo libro, de un libro profano. Gustaban de los libros de historia, si eran afortunados en conseguirlos, pues los transportaban a otros mundos imaginarios que los distraían de la cotidianidad. Los padres, contrariamente a lo que se podría imaginar, no estaban solamente en un lugar, pues las misiones estaban constituidas por dos o tres pueblos, o más, que tenían que visitar con frecuencia; eran lo que se llamaban los pueblos de visita. Tenían que viajar a caballo por senderos en que había que precaverse de las espinas de las plantas, de los animales ponzoñosos y soportar el clima extremoso. Y también el peligro de los asaltos de indios levantiscos como seris y apaches. Se corría el peligro de rebeliones de los indios, como es el caso de las que costaron la vida a los padres Francisco Saeta, Tomas Tello y Enrique Ruhen. Claro está que también los acechaba el demonio por medio de los hechiceros que ejercían artes diabólicas. Los padres se quejaban que los hechiceros podían hacerles daño a distancia con sus artes diabólicas. Así, por ejemplo, el padre Carlos de Roxas nos dejó constancia sobre la muerte del padre Marcos de Loyola indicándonos “que sus males no eran enfermedad natural, sino causada del común enemigo; el demonio, viéndose vencido de tan valeroso soldado, se valió de un hechicero, que enhechizó al Padre, habiéndole lastimado las narices, de donde, con admiración de todos, echaba el padre unos gusanos peludos, que le comieron las narices y le redujeron a tan lamentable estado que murió en la misión de Aconchi; pues descubiertas las marañas del hechicero en Teuricachi.... se hallaron en una cueva por su confesión varios hechizos, y entre ellos el del padre Marcos, en un muñeco vestido de jesuita con una espina atravesada en la nariz. Ya que el común enemigo en estas tierras... se vale de sus Nerones, los hechiceros, para que, muriendo inocentes ovejas víctimas de la caridad y de la fe, muchos Padres misioneros logren el oculto martirio, sólo aceptable a los ojos de Dios que conoce el modo y fin por qué muere.” [Relación del P. Carlos de Roxas, fechada en Arizpe el 28 de Julio de 1744. En Bancrof Library] Ello era, en cierta forma, un alivio para los otros jesuitas que soportaban la difícil vida misional, al poder argüir que las muertes de los padres constituían en verdad un martirio que el Señor sabría recompensar. La desnudez de los indios hacía todavía más difícil mantener el voto de castidad, a tal punto que el jesuita Javier Pascua le imploró al Provincial que le salvase del pecado y el alma del infierno sacándole de la misión. Claro está que otros sacerdotes no tenían tales problemas. Los padres se acercaban tan cerca, como la prudencia lo señalaba, para mirar al indio a la cara y no correr el riesgo de bajar la vista al cuerpo desnudo; no sé que tan práctico era el método. En efecto, el padre Miguel del Barco deja constancia de que “Cualquiera misionero, y cualquiera otro sujeto amante de la honestidad, cuando llegaban a saludarle los californios gentiles, procuraba por una parte recibirlas con buena gracia para aficionarlos y atraerlos a nuestra santa fe y, por otra, estar muy sobre sí, para mirarlos hacia el rostro solamente y no bajar por descuido la vista por no ver su desnudez.” [Miguel del Barco, Historia natural y crónica de la antigua California, p. 199, Unam, México, 1988] El padre José de Och se sentía a salvo de tales tentaciones, debido a que las indias pimas se tatuaban los pechos en forma tan horrible, decía, que no se podía tener un pensamiento carnal o impúdico cuando se veían los pechos femeniles. [Joseph Och, Joseph Och’s, Glaubenspredigers del G.J. in Neumexico, Nachrichten von seinen Reisen nach dem spanischen Amerika... Nachricten von verschiedenen Länders, vol. 1, p. 1 – 292] Estas referencias tienen por fin recordar lo difícil del trabajo misional, pero tales problemas no deben hacernos perder de vista que también estas situaciones eran igualmente difíciles para los indios. Los indios tenían quejas de los padres por sus comportamientos drásticos con ellos. Se quejaban de los castigos a que los sometían los jesuitas, de que había una doble moral para los indios y los españoles. Sin inmutarse el padre Ignacio Pfefferkorn nos ilustra: “Los castigos consistían de latigazos, cuyo número se otorgaba de acuerdo al tamaño de la ofensa. La sentencia se cumplía públicamente de la siguiente forma: El gobernador [indio] exponía las faltas del acusado, declarándolo culpable, entonces el fiscal [indio] sujetaba al reo, le amarraba sus manos a un poste o árbol y le pegaba en la espalda con el látigo hasta que el gobernador le ordenaba parar. Enseguida el justicia le advertía al acusado que debería de comportarse mejor en el futuro y a la gente les señalaba el castigo como ejemplo y como advertencia para su propio bien. El indio, quien aguantaba los azotes sin el menor gesto y con la más admirable paciencia, humildemente daba al justicia las gracias por el castigo y su prédica y calmadamente se iba a su casa sin siquiera murmurar una queja. Si el crimen era excesivo y por lo tanto ameritaba un castigo más severo, el misionero iba al lugar del castigo, le pedía al justicia suavizar el castigo, y éste, quien era preparado de antemano sobre como debía de conducirse, mantendría que la ofensa era excesiva y que no era posible la indulgencia, pero finalmente, después del ruego reiterado del pastor, el justicia empezaría a ceder y ordenaría liberar después de recibir el debido castigo. En esta forma el misionero mantenía y reforzaba el respeto de la gente por el justicia y al mismo tiempo ganaba el amor y la confianza para sí mismo.” [Ignacio Pfefferkorn, Descripción de la Provincia de Sonora. Gobierno del Estado de Sonora, Hermosillo, 1983. Libro segundo, p. 133] A los padres se les hacía difícil entender a los indios. No era su misión comprender su cultura sino modificarla, para que se convirtieran en cristianos y civilizados. No es de extrañar que un jesuita dijera en broma que “como el Papa nos ordena creer que los indios tienen alma racional, tenemos que creerlo, pero la verdad es que no se nota.” [Relación de Philipp Segesser p. 50] Muchos jesuitas del noroeste de México fueron extranjeros, varios alemanes que no sólo tenían problemas para entender a los indios, sino también a los españoles que muchas veces despreciaban. Así, por ejemplo, Ignacio Pfefferkorn sostenía que “Los españoles de Sonora son verdaderamente geniales para descansar. En esto son mejores aún que los españoles europeos, quienes realmente no pueden ser alabados como industriosos... son muy flojos...no ambicionan mayor prosperidad que la que pueden obtener prácticamente sin esfuerzo alguno.” A su pesar tiene que reconocer el padre “La única ocupación que les gusta es la cría de ganado. En este trabajo son verdaderamente incansables...” [Ignacio Pfefferkorn, Descripción de la Provincia de Sonora, libro segundo, p. 158, Gobierno del Estado de Sonora, Hermosillo, 1983] El padre Segesser dejaba constancia que “hay españoles de muy mala disposición que causan grandes agravios a los misioneros.” [Relación de Philipp Segesser , p. 50] A veces los españoles asustaban a los indios de las misiones, diciéndoles que vendrían los capitanes a degollarlos, a fin de que huyeran y poder disponer de ellos, a la vez que trataban de que se fueran los misioneros para quedarse con sus tierras. En los pueblos, los jesuitas, las autoridades españolas, o los dos, nombraban indios como gobernadores, justicias, fiscales, alcaldes, para crear por una parte un sistema de fidelidades, y por otro ejercer por medio de ellos el dominio sobre los indios. También éstos tenían cargos que los responsabilizaban de las enseñanzas evangelizadoras. La doctrina cristiana se predicaba cada mañana antes de la misa y en la tarde. Había una preocupación, aunque las iglesias fueran modestas, de adobe, de que estuvieran bien ornamentadas. Los cantos religiosos se acompañaban con instrumentos musicales que tocaban los indios, tales como violines o arpas. Eran muy importantes las fiestas religiosas en las que se celebraban procesiones con gran pompa. A los indios les impresionaban estas ceremonias, especialmente el Miércoles de Ceniza y la distribución de hojas de palma el Domingo de Ramos. Muy popular era el día de los santos difuntos. “En frente del palio funeral se tendía un gran petate tejido con hojas de palma sobre el cual era costumbre que los indios pusieran sus ofrendas para solaz de las almas del purgatorio. Uno traía un puñado de frijol, de chícharo o de maíz, otro traía pinole o pozole y otros más darían tortillas... Estos ofrecimientos eran después distribuidos por los misioneros entre las viudas, huérfanos y otras gentes necesitada.” [Pfefferkorn, p. 141] Pero también había diversión en el día del Santo a quien estaba dedicada la iglesia del pueblo. Después de los actos religiosos y realizada la procesión venía un banquete, seguía un corto servicio religioso y veían las corridas de toros. Los toros morían a lanzazos de los indios. Los toros muertos se los regalaban a los indios. Después comenzaban los bailes hispanos-indígenas y terminaban con chocolate y comidas. La fiesta se repetía por tres días. El trabajo de los jesuitas era penoso también por otras razones como nos lo cuenta el misionero Ignacio Pfefferkorn: Además... había que cuidar de los enfermos que vivían lejos de nuestras misiones, lo cual era bastante difícil sobre todo cuando azotaba una epidemia. Algunas veces el misionero tenía que hacer el viaje a la hora del mayor calor y otras veces en las noches más oscuras. Durante el tiempo de lluvias, a menudo tenía que cruzar arroyos crecidos poniendo en peligro su propia vida. Ocasionalmente la morada del paciente podría estar a quince o veinte horas de camino tan malo que el misionero no podía viajar durante la noche, por lo que había que pasar la noche a cielo abierto y algunas veces tenía que contentarse con una cena de pan duro y agua fangosa. Además de estas incomodidades había también el peligro de que podía ser atacado por merodeadores seris o apaches o envenenado por un animal ponzoñoso. Finalmente, los indios venían al misionero para pedirle ayuda durante todo el tiempo y continuamente era molestado por sus peticiones. Uno quería carne, otro pan o maíz, otras demandas eran por pedazos de telas, por navajas, por lo que fuera necesario o deseado, en tal forma que el misionero difícilmente tenía una hora quieta en el día entero. No obstante todo esto, nada era tan difícil para un misionero en Sonora que el hecho de tener que vivir entre gente rústica, ignorante e incivilizada. No había una sola persona de quien el misionero pudiera esperar ánimo en circunstancias adversas, o un buen consejo en caso de duda, o con quien mantener una conversación racional. Si pretendía esto último o deseaba confesarse, tenía que decidirse a visitar a otro sacerdote y hacer un largo y aburrido viaje, porque las misiones estaban muy retiradas una de la otra. "A despecho de todo lo anterior, debo confesar que no obstante esta tediosa y aburrida clase de vida a menudo me confortaba la inocente conducta de mis indios, los hermosos ejemplos de virtud de algunos de ellos y la conversión inesperada de muchos bárbaros." Además de trabajar con los indios que estaban bajo su cuidado, cada misionero atendía a los españoles que vivían diseminados por toda Sonora. Estos españoles eran feligreses de un solo párroco, cuyo lugar acostumbrado de residencia era el Presidio de San Miguel de Horcasitas, cuyo capitán era a su vez el gobernador de la provincia. La parroquia de este clérigo abarcaba un radio de 200 millas españolas. Pobres de aquellos enfermos que hubieran tenido que esperar su atención; así que se veía forzado a dejar a los misioneros la atención de sus alejados feligreses. Los misioneros atendían con amor cristiano y también, sin ninguna remuneración, cuidaban de sus varios presidios y reales de minas que había cerca de su misión. La única cosa que el pastor de los españoles hacía, era viajar anualmente por toda Sonora, visitar a los miembros de su parroquia para cobrar las cuotas de pie de altar que los misioneros habían merecido durante el año.” [Pfefferkorn, p. 152] El padre Francisco Javier Alegre nos dejó constancia de la protesta de los indios, trasmitiéndonos el pensamiento del indio Pablo Quihue, que encabezó un nuevo intento de los indios por deshacerse de los españoles a finales del siglo XVII: “ Era la alma de esta conspiración un indio apostata llamado, llamado Pablo Quihue, gobernador que había sido del Pueblo de Santa María Baseraca, indio ladino, demasiadamente verboso y naturalmente elocuente, capaz de dar una grande apariencia de verdad a los asuntos más inverosímiles; enemigo oculto de los españoles y tanto más temible, cuanto sabía, según las circunstancias, reprimir su rencor y encubrirlo con el más profundo disimulo. Este comenzó a esparcir, entre sus gentes, rumores sediciosos. Decíales que, habiéndose los de Sonora sometido voluntariamente a la dirección de los Padres, poco a poco, en sesenta años, se había llenado la tierra de soldados, de presidios, de haciendas y de familia de españoles: que, en lugar de agradecerles el beneficio de haberlos recibido en su país, se apoderaban del terreno y aun de sus personas, para servirse como de esclavos: que sus vacas, sus carneros, sus caballos y aun sus mujeres y sus hijos habían de estar a su disposición. ¿ De qué nos sirven sus presidios y sus armas? ¿ No nos dice, a cada instante, que son para defendernos de nuestros enemigos y que vivamos tranquilos en la verdadera religión, en la obediencia del rey y en vida política y civil ? Esto nos canta en sus primeras entradas. Nosotros, insensatos, los recibimos como unos hombres venidos del cielo, para nuestro bien; pero ¿ cuál es el cumplimiento de estas magníficas promesas ? Ya lo veis. Muchos años han que asolan nuestro país los apaches, los jocomes y los janos; talan nuestros campos, roban nuestros ganados. ¿ Nos han defendido sus presidios ? ¿ Nos han protegido sus armas ? ¿ O, por mejor decir, no les ha sido este un medio para destruirnos ? ¿ Han sido mas los sonoras, los pimas, los tarahumares, los conchos, que han muerto a las flechas de los apaches, que los que han perecido inhumanamente, a sangre fría, a manos de los españoles ? Al menor ademán que ven, o imaginan ver, en nosotros, los ya reducidos, luego somos apóstatas, traidores a Dios y al rey, enemigos de la patria, parciales de los apaches, o participes y cómplices de sus robos. Al instante, se arman contra los desarmados. Quema, ahorca, degüella. ¿ Se hace otro tanto con los apaches y con los sumas ? ¿ Les han visto muchas veces la cara estos valientes ? ¿ Les han quitado muchas presas ? ¿ Harían más en nuestro daño nuestros enemigos que lo que hacen nuestros protectores ?” [Francisco Javier Alegre, Historia de la Provincia de la Compañía de Jesús de Nueva España, Institutum Historicum S. J., Roma, 1960.Tomo IV, p. 130 - 131] Ya el espacio se me acaba para este breve viaje intentando rescatar algunos aspectos de la labor de los misioneros jesuitas en Sonora. La actividad misionera de la Compañía de Jesús fue interrumpida violentamente hace doscientos treinta años, en 1767, con su expulsión de los dominios españoles. Hoy están nuevamente entre nosotros dedicados fundamentalmente a la labor educativa, con otras perspectivas, con fama de inteligentes, sabedores y liberales intentando otras experiencias, ganándose muchos amigos y algunos enemigos que, es de esperar, no logren fabular otras falsas acusaciones contra la Compañía de Jesús como ocurrió en el pasado.
Julio César Montané Martí montanemarti@hotmail.com |
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