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| Despues del levantamiento de 1751 En enero de 1753 llegaba a Guevavi el Visitador Segesser a instalar al nuevo misionero destinado allí, Francisco Xavier Paver. Su recibimiento fue frío. Los indios le permitieron decir misa pero después le dijeron que él y Paver tendrían que seguir su camino, y como prueba de su determinación "...todavía traían los gorros que acostumbran usar durante las campañas y levantamientos..." Así que prudentemente los jesuitas decidieron dejar sola la misión, al menos por el momento. Y la ocasión no tardó en presentarse, en noviembre de ese año acudía el mismo Luis Oacpicagigua ante el nuevo Gobernador de Sonora y Sinaloa, Pablo de Arce y Arroyo, pidiendo el regreso de un padre a Guevavi. Los nativos se habían arrepentido, le dijo. El gobernador, sin querer comprometerse, le recordó lo ingratos que habían sido con los antiguos misioneros, además que tal vez pudiera no haber padres disponibles. De todos modos, prometió escribirle al Visitador tratándole el caso. El 8 de diciembre siguiente el padre Keller, de Suamca, predicaba en Guevavi sobre el regreso a la cristiandad de sus habitantes y pocos días después, acompañado del Cap. Belderrain de Tubac, llegaba Paver nuevamente a tomar posesión de la misión donde había sido rechazado anteriormente, y el año nuevo siguiente salía a visitar los lugares de su jurisdicción: en Tubac bautizó 34 niños pimas, 29 de los cuales habían sido llevados desde San Javier, y más adelante a 28 más en Tucsón. Después de su regreso a Guevavi partió a Arizpe, a reclamar algunos de los muebles de Guevavi, guardados allí durante el levantamiento, y a su regreso todo volvió, al menos por el momento, a la normalidad: enterrar a Cristóbal Salazar, muerto por los apaches en Buenavista, bautizar a un hijo de Nicolás Romero, enterrar a la esposa de uno de los sirvientes de Don Antonio de Rivera. Pero no duró mucho la calma, cierto día de la primavera siguiente era llamado urgentemente a San Ignacio. Se rumoraba que Luis promovía otro levantamiento. Acudieron también el Gobernador Arce y Arroyo y todos los misioneros de la Pimería, además de los capitanes de los presidios fronterizos: Tomás Belderrain de Tubac, Francisco Elías González de Terrenate y Gabriel Antonio de Vildósola de Fronteras. Reunidos todos, les fueron presentados Luis Oacpicagigua y uno de sus seguidores, Luis de Pitic. En sus declaraciones, el primero juró haber mantenido la lealtad desde su perdón por Ortíz Parrilla, agregando que no tenía nada que ver con las depredaciones que se habían reiniciado en el valle del Altar. Sin embargo, el segundo desmintió lo declarado por Luis Oacpagigua, agregando que sí había intentado rebelarse de nuevo. Entonces se decidió enviar a ambos prisioneros a la cárcel de Horcasitas, que estaba alejada de la zona de influencia del líder indígena. Allí terminaría Luis de Sáric sus días poco después. Por otro lado, por entonces llegaban otros misioneros más: Miguel Gerstner a Sáric e Ignacio Pfefferkorn a Atil.
A pesar de la falta de su líder, de todos modos los seguidores de Luis de Sáric se convirtieron durante esa segunda mitad de la década de los 50 en un azote peor que los apaches en la Pimería Alta, atacando el mismo presidio de Tubac, la misión de Guevavi, Sonoita y los ranchos de Buenavista, San Luis y Santa Bárbara. A mediados de agosto de 1759 moría el padre Keller, de Soamca, quien a pesar de estar enfermo salió a visitar a un indio Pima enfermo que vivía en peligro de morir sin confesión, falleciendo el misionero mismo en el camino. El mes siguiente moría en Guevavi el Capitán de Tubac, Tomás Belderrain, y era enterrado bajo el altar mayor de la nueva iglesia. Poco después Paver era nombrado Rector de la Pimería Alta y reasignado a San Ignacio, mientras que Miguel Gerstner ocupaba su lugar en Guevavi. Empezando 1760 tomaba posesión del Presidio de Tubac el capitán Juan Bautista de Anza (hijo), a los 24 años de edad; antes había sido Teniente en el de Fronteras bajo las órdenes de su cuñado Gabriel de Vildósola, ganándose el aprecio del Gobernador, Juan Antonio de Mendoza. Al llegar a Tubac le compró la casa a la viuda de Belderrain en mil pesos y allí llevó a vivir a su anciana madre, tal vez para que tuviera más seguridad que en Santa Bárbara. Poco después se enfrentaba cerca de Arivaca con una partida de apaches, matando a nueve. Por su parte, Gerstner duraría 16 meses en Guevavi. En Sonoita terminaría la iglesia iniciada por Paver y en Calabazas (actual Río Rico) inició la construcción de otra. Dos semanas después fallecía en Tubac la anciana madre del Cap. de Anza, Doña María Rosa Bezerra Nieto. Su hijo, acompañado de los demás dolientes, recorrieron el tramo del río entre Tubac y Guevavi, llevando sus restos mortales a enterrar bajo los escalones del altar de la iglesia, en donde descansarían el sueño eterno acompañando a los del Cap. Belderrain. Un año después, el 24 de junio de 1761, el Cap. de Anza casaba en Arizpe con Ana María Pérez Serrano, hija de un comerciante de la región. Todos estos hechos eran símbolo de un cambio social ya evidente en la Pimería: la declinación creciente de la población indígena y el incremento de la europea. El 25 de mayo de 1761 Gerstner dejaba Guevavi al ser cambiado a Sáric, dejando en su lugar a Ignacio Pfefferkorn. Probablemente al llegar a Guevavi y ver los registros de la misión, donde aparecía el nombre de su predecesor, el padre Segesser, Pfefferkorn haya recordado con una sonrisa la broma que éste le había jugado a su llegada a Sonora. Se aproximaban los nuevos misioneros a Ures cuando una banda de indios pintarrejeados se les echó encima lanzando alaridos. Asustadas, las mulas que los llevaban los tiraron al suelo y ellos encargaron su alma al creador esperando el martirio inmediato. Pero todo era una broma de Segesser, quien había arreglado aquella bienvenida.a los recién llegados. Poco después el nuevo Visitador General jesuita, Ignacio Lizassoain, pasaba por Cananea, Terrenate y Soamca, atendida ahora por el sucesor de Keller, Diego Barrera, realizando una inspección general de todas las misiones de la Pimería. De Soamca, en vez de dirigirse hacia el norte, partió al sur a través de Cocóspera e Imuris a San Ignacio y allí acudieron los misioneros ese noviembre a presentarle sus libros misionales. Entre ellos, Pfefferkorn le informó que Guevavi contaba con 31 familias, Calabazas con 36, Sonoita con 34, mientras que la más poblada era Tumacácori, con 72. Pero estas poblaciones no durarían mucho tiempo. Durante los dos años siguientes el número de muertos superó en el doble a los bautizados, aunque no fue eso todo, también los pápagos que vivían en esa misión la abandonaron en masa. Buscando aliviar la disminución de la población misionera, el mes de diciembre de 1761 se reunía el Visitador Lizassoain con el Gobernador en Horcasitas, y allí se llegó a una decisión que con el tiempo probaría ser estratégiamente terrible. Los indios sobaipuris que vivían en el río San Pedro y que ya desde tiempos de Kino habían servido de barrera contra los apaches, todavía no tenían un misionero entre ellos. ¿porqué no cambiarlos a las misiones ya establecidas, consolidando así las defensas fronterizas? Pensando que con ésto resolvían el problema se dió la orden. El Capitán Francisco Elías, de Terrenate, se encargó de ejecutarla. En Tucsón, el 19 de marzo del año siguiente realizaba un censo de los inmigrantes sobaipuris, eran 250, mientras que otras cantidades menores serían destinadas a Soamca y Sonoita. Con esta población se reforzaron las misiones fronterizas, pensando que así se podrían defender mejor contra los apaches, aunque el resultado fue precisamente el opuesto. En abril de 1762 moría Stiger en San Ignacio, y Paver lo sucedía, quien para 1764 había construido una iglesia en esa misión que sería descrita como "...la mejor en la Pimería, no sólo en cuanto a tamaño sino también en relación con sus adornos...".
En 1763, Pfefferkorn en Guevavi, al igual que sus predecesores, enfermaba y era cambiado a Cucurpe. Su lugar lo ocuparía el último misionero del periodo jesuita en esa misión: Custodio Ximeno, un aragonés nacido el Valdelinares 29 años más temprano. A él le tocó enfrentarse a los apaches. A su llegada, éstos tenían ya un año de haber reiniciado sus depredaciones. Todo el valle del Santa Cruz se encontraba asediado con asaltos, robos y muertes. Todos los atardeceres los vaqueros se veían obligados a recoger los ganados que habían sacado a pastar durante el día si no querían perderlos durante la noche. Las dos primeras muertes registradas por el nuevo misionero, el 27 de julio de 1763, fueron causadas por apaches cerca de Buenavista, y hubo más. Aterrados, los vecinos del valle de San Luis enviaron una delegación a entrevistarse con el Cap. de Anza. Le pedían permiso para abandonar el valle. Poco después aprobaba de Anza el cambio y así fue como los Romero y otros españoles, "...más de un centenar con gran número de todos tipos de ganados..." que por muchos años vivieran a lo largo de ese hermoso valle que se extiende desde San Lázaro por el sur hasta más allá de la frontera actual, pasando por los Picachos, Santa Bárbara, San Luis y Buenavista abandonaron tristemente aquellas fértiles tierras y se cambiaron a Tubac, Terrenate y otros lugares más, que estaban defendidos por las fuerzas presidiales. Al terminar el año llegaba el nuevo Visitador de Sonora a realizar su inspección. Pasando por Soamca vió los cimientos de la nueva iglesia que construía ahi el padre Barrera, llegó después a Guevavi, encontrando a Ximeno débil y con fiebres. Como diría después, cualquiera que sirviera en Guevavi tendría que ser "...muy robusto y muy paciente", aunque la misión no estuviera tan mal, a pesar de que los apaches continuamente estuviesen dejándola sin ganado. Una buena iglesia con vestimentas y ornamentos que "...cosecha suficiente trigo y maíz. Tiene pocas deudas y medios para pagarlas...". De Guevavi salió al norte a visitar "la última misión" de San Xavier del Bac, en donde visitó la nueva iglesia construida por el padre Alonso Espinosa, para después dirigirse a Sáric a ver otra iglesia nueva, construida ésta por el ex misionero en Guevavi, el Padre Gerstner, y en seguida partir a Caborca a ver la "...la gran iglesia en forma de un 7 ..." (no la actual, sino otra anterior a ella) y luego terminar su visita en San Ignacio. Durante la primavera de 1765 se recibieron noticias que el Padre Espinoza, de San Xavier del Bac, estaba paralizado. Allí fue enviado en junio un nuevo misionero, José Neve, a averiguar su estado de salud, encontrándolo "...con una pierna ya seca...", aunque con los cuidados de Neve poco después alcanzaba Espinoza fuerzas suficientes para ser llevado a San Ignacio a recuperarse. En 1766 se presentaba otra epidemia más en Sonora diezmando la población nativa y, para noviembre "...debido a que ha estado enfermo desde que llegó allí..." era relevado Neve de San Xavier del Bac, encargándosele a Custodio la administración de San Xavier desde Guevavi. Para diciembre Guevavi veía reducida su población a 50 almas, mientras que en Calabazas, que había sido "...repoblado con pápagos..." toda la población pima había sido aniquilada. De esta manera los asedios apaches se extendían a lo largo de todo el río Santa Cruz. Ese mismo mes, el día 19, llegaba a Guevavi Don Cayetano María Pignatelli Rubí Corbera y San Climent, Marqués de Rubí, quien realizaba una inspección extraordinaria de las defensas fronterizas de la Nueva España. Su arribo anunciaba el inicio de la implementación de las reformas borbónicas en esta región. Después de pernoctar en la misión partía a inspeccionar el presidio de Tubac, donde lo esperaba el Capitán de Anza. El 21 de diciembre realizaba su revista de Tubac, encontrando que no podía haber llegado a un lugar mejor administrado. El arsenal bien equipado y los soldados muy bien entrenados, aunque los cañoncitos livianos que habían sido llevados para reforzar sus defensas eran un mayor peligro para quienes los disparaban que para los indios. En cuanto a los recursos de la vida diaria, el capitán de Anza "...con una generosidad poco común en estas tierras..." vendía en la tienda del presidio a precios aún menores que los establecidos por el reglamento militar. Tan impresionado quedó el Inspector que dejó para la posteridad en su informe una lista de 62 bienes que se vendían con descuento. El más caro, una cuera de soldado (aquí en Sonora, debido al calor, nunca se usaron armaduras de metal sino chalecos de cuero como defensa contra las flechas) era vendido con un descuento del 20%, en $40 en vez del precio regular de $50. Después de su inspección de Tubac el Marqués de Rubí continuó su camino, y así llegó el año nuevo, los primeros meses con la rutina cotidiana de administración misional de muertes y bautismos. Parecería que muy poco cambiaría ese año aunque no era así.
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